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Comunidad EKO, un soplo de luz en medio del oscuro camino de los refugiados

En el campo de refugiados militar de Vasilika hay unos 300 niños.
En el campo de refugiados militar de Vasilika viven unos 300 niños.

AMPARO MONTEJANO – 11 de noviembre de 2016.


Huir de tu país porque está en guerra. Porque asesinan a tus familiares delante de tu cara. Jugarte la vida cruzando el Mediterráneo para llegar a Europa. Cuando estás hacinado en un campo de refugiados en condiciones infrahumanas, esperando alguna solución, tu campo es desalojado, y te trasladan a otro. Como si fueras mercancía.


En este contexto nace en junio de 2016 EKO, una comunidad construida al lado del campo militar de Vasilika, al norte de Grecia, donde fueron trasladadas en contra de su voluntad 1.200 personas desde el campo de refugiados de Idomeni.

La comunidad EKO se encuentra a 150 metros del campo de Vasilika y hasta ella se acercan cada día entre 200 y 500 refugiados en busca de algo de esperanza. EKO cuenta con una escuela, una zona de juegos, y organiza actividades que permitan a los refugiados olvidar durante unas horas el infierno que están viviendo. Además de, por supuesto, ofrecerles toda la ayuda y apoyo emocional necesarios para calmar el sufrimiento que sufren desde hace meses.

Sara Montesinos, una catalana que lleva 10 meses allí como voluntaria, afirma que dentro del campo tiene amigos y prácticamente familia, por lo que de momento no se plantea volver.


“El vínculo personal es tan grande que se convierte en uno de los impedimentos para que volvamos a casa”


Sara explica a Tomando Conciencia que EKO está en constante cambio según las necesidades de los refugiados: “Ahora, por ejemplo, hay unos chicos que están empezando a coser. Cosen prendas para vender aquí o arreglan la ropa del campo”.


Arriba, los voluntarios de la Comunidad EKO con una parcarta de "Borders can kill". Abajo, la sala de juegos que han construído en el campamento.

Las condiciones dentro del campo de Vasilika son “horribles en todos los aspectos". "En verano mucho calor y en invierno vamos a tener un problema grave con el frío” –cuenta– “La comida es un plato de arroz blanco cada día, la atención sanitaria es escasa y los casos de anemia muy comunes”.

Sin embargo, por contradictorio que parezca, lo que más valoran los refugiados es el apoyo que les dan los voluntarios: “Son muy agradecidos, no tanto con lo que traemos sino sobre todo por el trabajo aquí”.

Lo parte más dura, según Sara, es saber que tal y como están las políticas de la Unión Europea, muchos de ellos no tienen salida y van a tener que pasar otro año más en el campo, o regresar a sus países en guerra.


Las personas que están estancadas en los campos de refugiados de Grecia esperan un proceso de “relocalización” al que solo optan las personas de origen sirio y que, en teoría, los repartirá entre los estados miembros para pedir asilo.

Sara explica que esta experiencia la ha cambiado totalmente. “No me imagino despedirme de niños a los que estoy viendo crecer. A algunos se les están cayendo los dientes aquí, hay bebés que dan sus primeros pasos… se me rompe el alma de pensar en irme y dejarlos solos”.


“Siguen esperando. Esperando salidas, esperando soluciones y esperando a una burocracia a la que no le importan las condiciones que hay aquí”


EKO es un proyecto que no va acabar con la crisis de los refugiados pero que, con trabajo voluntario y donaciones, está haciendo un trabajo extraordinario por devolver la dignidad a cientos de personas a las que Europa, con sus políticas, no está tratando como a seres humanos.


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